jueves, 7 de abril de 2011

“Contra la dependencia de lo literal”

MAITE RUIZ FLORES 06/2001 “Cuadernos de pedagogía, Nº303

            En el articulo anterior, trataba la corta edad a la que a los niños se les está empezando a enseñar lectoescritura y la conveniencia o no de este hecho.
            Tras leer y debatir el artículo de Maite Ruiz, “contra la dependencia de lo literal”, nos hacemos una pregunta. ¿Por qué pretendemos aprender lectoescritura antes en lugar de hacerlo mejor?
            Cuando a los niños se les proponen actividades de lectoescritura los resultados son tan variados como niños hay. Si se les propone una pregunta sobre el texto, tienden a localizar directamente la respuesta en el texto en lugar de leer este e intentar responder con sus palabras que es lo que realmente se pretende. Se producen unas faltas de comprensión que se detectan en el momento en que la respuesta no guarda coherencia sintáctica con la pregunta formulada lo que delata que el alumno está simplemente trabajando las palabras del texto en lugar del texto como tal con un sentido y un significado concreto. Los alumnos tienden también a realizar paráfrasis del texto, que se detecta cuando responden a una pregunta sobre el texto copiando literalmente un fragmento del mismo donde parece que esta la respuesta aunque realmente no sea así. En definitiva, no se realiza una lectura atenta y como consecuencia no hay una buena comprensión lectora con lo que se evita de forma sistemática cualquier intento de expresión de forma autónoma y se terminan realizando paráfrasis literales del texto que se está trabajando.
            Aunque puede existir una tendencia a creer que estos casos de paráfrasis y demás respuestas se dan en casos de alumnos que presentan un fracaso escolar la realidad no es así. Este fenómeno aparece también en alumnos que comprenden a la perfección y que no necesitan de ninguna manera recurrir a la cita textual para responder. Este procedimiento, de recurrir a la cita textual, hace que en numerosas ocasiones, el alumno, utilice expresiones y mecanismos de respuesta muchos más complicados de los que utilizaría si simplemente se limitara a entender el texto y contestar con sus propios conocimientos. Lo que nos da a entender que la utilización de este sistema no se puede explicar por la ley del mínimo esfuerzo. Por lo que la autora, Maite Ruiz, le da el nombre de dependencia de lo literal. Aunque no determina si al alumno dependiente literal será un fracaso escolar o por el contrario el alumno desfavorecido utiliza este sistema en un intento por aprobar sin para ello tener que comprender.
            Estas actitudes de dependencia de lo literal, son realmente preocupantes, dado que sustituyen el acceso al significado, una tarea puramente humana, por la utilización mecánica de significantes y se acaba dependiendo en lugar de aprendiendo.
            Al tratar este tema es del todo necesario hablar del profesorado sus criterios de calificación y de qué manera han contribuido o no al desarrollo de este fenómeno. Para ellos la aplicación por parte de los alumnos del método que estamos tratando, dependencia de lo literal, conlleva dos grandes inconvenientes: no permite verificar la comprensión  ni diagnosticar el nivel de competencia lingüística. Pero ¿Contribuyen los docentes al desarrollo de este fenómeno?
            A la hora de la corrección de los exámenes, frecuentemente se puntúa de mejor manera al alumno que, aún siendo correcta la respuesta, ha recurrido a la paráfrasis, mientras que se puntúa de forma más baja al  que con alguna dificultad sintáctica y con faltas de ortografía es capaz de transmitir que ha entendido. En este caso, el mensaje que se transmite a los alumnos es que la importancia de la respuesta correcta no importando el proceso por el que se ha llegado a ella. Es de esta forma como se empiezan a formar los dependientes de lo literal.
            Para poder expresarse con las propias palabras el alumno tiene que trabajar el tema anteriormente y haberlo aprendido de manera significativa de no ser así tendrá más dificultades a la hora de asociar o relacionar temáticas puesto que no sabrá interpretar los significados de cada una.
            Contribuyen también en alguna medida a la formación de dependientes de lo literal muchos ejercicios de reconocimiento de conceptos, del tipo  “Completa” o respuesta múltiple (a, b, c.) realizados de manera que se puede obtener la respuesta correcta mediante referencia a lo literal.
            Que la dependencia de lo literal supone un problema grave, tenemos que tenerlo claro. No es suficiente con decirles a los alumnos que se expresen con sus propias palabras o que no copien del texto, porque en la mayoría de los casos el resultado compensa este procedimiento.
            Debemos, por lo tanto, promover un aprendizaje significativo, con sistemas y metodologías que dificulten e incluso imposibiliten la utilización de la cita literal.”(Por ejemplo: Texto en primera persona y preguntas en tercera persona)”. Pero si cambiar la metodología en principio puede resultar un problema, se debe tener en cuenta que por encima de ella están los criterios de evaluación de cada docente, que son una gran herramienta para conseguir un cambio de lo literal a lo significativo. Potenciando y motivando a los alumnos que se esfuerzan por expresarse aún con faltas de ortografía y penalizando a aquellos que por el contrario recurren a la copia literal.

“Merece la pena reorientar nuestros criterios más hacia el verdadero aprendizaje que hacia los resultados”[]



[1] Maite Ruiz Flores (2001)

jueves, 10 de marzo de 2011

"Sin leer ni escribir hasta los seis"



La publicación de un estudio en Inglaterra que indicaba que los alumnos de Educación Infantil empezaban muy temprano a recibir una educación formal, basada en la lectoescritura y los números, creó un importante debate sobre la escolarización infantil, sobre lo que se le exige al alumno a esta temprana edad y sobre cómo debería ser la Educación Infantil. ¿Debe primar el aprendizaje a través de la experiencia y el juego?, o ¿debe instruirse al niño en una educación similar a la que recibirá en primaria?, ¿es excesivo lo que se les exige?, ¿es adecuado para su edad y sus capacidades? A consecuencia de este estudio y con la intención de responder a estas preguntas  se publicó en El País el artículo al que hace referencia es título de esta reflexión.
            Hace unos años, cuando algunos de nosotros teníamos entre 4 y 5 años, lo normal era conocer el número 1, el 2 y el 3, distinguir los colores y no era necesario saber leer ni escribir, ya que eso se conseguía a los 6 años y hasta esa edad no pasaba nada si un niño no acababa de estar capacitado para estas habilidades. Sí, efectivamente había informes escolares de los progresos de los niños para que  los padres tuvieran conciencia de los avances de su hijo de la misma manera que siguen encontrándose actualmente. No obstante, esos encuadraban las habilidades en "conseguido", "no conseguido" y "en proceso". Por lo tanto, un buen maestro no dará importancia a cosas innecesarias a esa edad y el informe simplemente servirá de orientación a los padres y a los docentes acerca de cómo va ese niño, qué sabe hacer y qué no.
            No es malo que un niño de 5 años sepa leer, escribir y hasta sea capaz de resolver alguna  suma de poca dificultad, siempre y cuando se le haya enseñado de forma divertida, de manera que lo entienda y, sobre todo, que le encuentre una utilidad para poner en práctica en su vida cuotidiana. El problema llega cuando se le enseña de manera forzada, haciéndolo sentir mal cuando este no sea capaz de resolver la habilidad que se pretende enseñar. En los primeros años de vida, los niños aprenden muchas cosas, simplemente por imitación, curiosidad y por familiarización con ellas. Puede haber niños que con 4 o 5 años sepan hablar inglés, catalán y castellano de manera habitual y, sin embargo, puede haber otros de mayor edad que tan solo hablen una lengua y no de forma clara.
            Otro problema relacionado con el anterior es que hay muchos padres que se empeñan en llevar a su hijo pequeño al colegio y luego a natación, kárate, clases particulares de inglés y violín. Cuando esto sucede, nos damos cuenta de que no quedan horas para que el niño pueda disfrutar de su familia, jugar con otros niños o salir al parque. Con este hecho, podemos darnos cuenta que actualmente, debido al tipo de sociedad en la que vivimos, parece que ésta se encuentre inmersa en una carrera para alcanzar conocimientos y, además, que se adquieran cuanto antes mejor. Los padres exigen a los profesores que los niños aprendan más de lo que deberían y no se dan cuenta de que cuando los niños llegan a casa siguen aprendiendo más, pero a ellos  nunca  les parece suficiente.
Hoy en día, es muy habitual escuchar frases como “qué espabilados son los niños ahora” o “nosotros solo pensábamos en jugar” pero también es más habitual ahora encontrar noticias y artículos que tratan temas como el fracaso escolar, abandono escolar o el bajo nivel de lengua extranjera existente en nuestro país.
            Existe una presión social para mejorar el nivel educativo adelantando el aprendizaje de los contenidos, mientras que en países como Finlandia (Referente Europeo en Educación) se centran tan solo en la educación social, física y ética hasta los cinco años. Es cierto que hay que exigir una mejora del nivel educativo, pero los medios para alcanzarlo empezarían por fomentar una enseñanza que ayude a los más pequeños a construir destrezas sociales, su lenguaje y su confianza a través del juego y no mediante el sistema actual basado en fichas y más fichas. Se tiene que tener en cuenta la diversidad de los alumnos, tanto en su desarrollo como en sus intereses. Al menos en la etapa primera de educación formal, la educación infantil, tiene que ser totalmente flexible y fomentar un desarrollo global del niño.  
            La continua obsesión con subir el nivel se relaciona directamente con adelantar contenidos, pero no es así. Hay que ser conscientes de que a la edad de cinco años lo más importante es fomentar el querer aprender.
            Por si la exigencia de los padres fuese poco, la forma como están estructurados los contenidos, también es objeto de crítica. Estos contenidos están programados y marcados para un determinado tiempo. Pasado ese tiempo, el niño se supone que ya debe saberlos, pero ¿qué pasa si el niño no asimila los conocimientos en el tiempo determinado? La realidad es elocuente, el niño debe hacer más fichas,  hacer clases particulares o incluso ir al médico haber si padece hiperactividad o algún déficit de atención (o ambos a la vez). Es posible que simplemente “no sea el momento”, no está motivado o que éste no sienta la necesidad de aprender esa habilidad.
            Quizás, antes de empezar a discutir cómo debe ser el sistema educativo, cómo deben ser los profesores, cómo deben ser las clases o cómo deben ser los niños,  deberíamos pararnos a pensar una serie de cuestiones: ¿Cuál es el punto de vista de la sociedad? ¿Qué queremos realmente? ¿Lo estamos haciendo bien? Y por supuesto, debemos ser capaces de ver lo que funciona, ver si eso es lo que queremos y, si es así, tomar nota y seguir el ejemplo.
“La vida primaria de la memoria es emotiva más bien que intelectual y práctica”.
John Dewey