jueves, 10 de marzo de 2011

"Sin leer ni escribir hasta los seis"



La publicación de un estudio en Inglaterra que indicaba que los alumnos de Educación Infantil empezaban muy temprano a recibir una educación formal, basada en la lectoescritura y los números, creó un importante debate sobre la escolarización infantil, sobre lo que se le exige al alumno a esta temprana edad y sobre cómo debería ser la Educación Infantil. ¿Debe primar el aprendizaje a través de la experiencia y el juego?, o ¿debe instruirse al niño en una educación similar a la que recibirá en primaria?, ¿es excesivo lo que se les exige?, ¿es adecuado para su edad y sus capacidades? A consecuencia de este estudio y con la intención de responder a estas preguntas  se publicó en El País el artículo al que hace referencia es título de esta reflexión.
            Hace unos años, cuando algunos de nosotros teníamos entre 4 y 5 años, lo normal era conocer el número 1, el 2 y el 3, distinguir los colores y no era necesario saber leer ni escribir, ya que eso se conseguía a los 6 años y hasta esa edad no pasaba nada si un niño no acababa de estar capacitado para estas habilidades. Sí, efectivamente había informes escolares de los progresos de los niños para que  los padres tuvieran conciencia de los avances de su hijo de la misma manera que siguen encontrándose actualmente. No obstante, esos encuadraban las habilidades en "conseguido", "no conseguido" y "en proceso". Por lo tanto, un buen maestro no dará importancia a cosas innecesarias a esa edad y el informe simplemente servirá de orientación a los padres y a los docentes acerca de cómo va ese niño, qué sabe hacer y qué no.
            No es malo que un niño de 5 años sepa leer, escribir y hasta sea capaz de resolver alguna  suma de poca dificultad, siempre y cuando se le haya enseñado de forma divertida, de manera que lo entienda y, sobre todo, que le encuentre una utilidad para poner en práctica en su vida cuotidiana. El problema llega cuando se le enseña de manera forzada, haciéndolo sentir mal cuando este no sea capaz de resolver la habilidad que se pretende enseñar. En los primeros años de vida, los niños aprenden muchas cosas, simplemente por imitación, curiosidad y por familiarización con ellas. Puede haber niños que con 4 o 5 años sepan hablar inglés, catalán y castellano de manera habitual y, sin embargo, puede haber otros de mayor edad que tan solo hablen una lengua y no de forma clara.
            Otro problema relacionado con el anterior es que hay muchos padres que se empeñan en llevar a su hijo pequeño al colegio y luego a natación, kárate, clases particulares de inglés y violín. Cuando esto sucede, nos damos cuenta de que no quedan horas para que el niño pueda disfrutar de su familia, jugar con otros niños o salir al parque. Con este hecho, podemos darnos cuenta que actualmente, debido al tipo de sociedad en la que vivimos, parece que ésta se encuentre inmersa en una carrera para alcanzar conocimientos y, además, que se adquieran cuanto antes mejor. Los padres exigen a los profesores que los niños aprendan más de lo que deberían y no se dan cuenta de que cuando los niños llegan a casa siguen aprendiendo más, pero a ellos  nunca  les parece suficiente.
Hoy en día, es muy habitual escuchar frases como “qué espabilados son los niños ahora” o “nosotros solo pensábamos en jugar” pero también es más habitual ahora encontrar noticias y artículos que tratan temas como el fracaso escolar, abandono escolar o el bajo nivel de lengua extranjera existente en nuestro país.
            Existe una presión social para mejorar el nivel educativo adelantando el aprendizaje de los contenidos, mientras que en países como Finlandia (Referente Europeo en Educación) se centran tan solo en la educación social, física y ética hasta los cinco años. Es cierto que hay que exigir una mejora del nivel educativo, pero los medios para alcanzarlo empezarían por fomentar una enseñanza que ayude a los más pequeños a construir destrezas sociales, su lenguaje y su confianza a través del juego y no mediante el sistema actual basado en fichas y más fichas. Se tiene que tener en cuenta la diversidad de los alumnos, tanto en su desarrollo como en sus intereses. Al menos en la etapa primera de educación formal, la educación infantil, tiene que ser totalmente flexible y fomentar un desarrollo global del niño.  
            La continua obsesión con subir el nivel se relaciona directamente con adelantar contenidos, pero no es así. Hay que ser conscientes de que a la edad de cinco años lo más importante es fomentar el querer aprender.
            Por si la exigencia de los padres fuese poco, la forma como están estructurados los contenidos, también es objeto de crítica. Estos contenidos están programados y marcados para un determinado tiempo. Pasado ese tiempo, el niño se supone que ya debe saberlos, pero ¿qué pasa si el niño no asimila los conocimientos en el tiempo determinado? La realidad es elocuente, el niño debe hacer más fichas,  hacer clases particulares o incluso ir al médico haber si padece hiperactividad o algún déficit de atención (o ambos a la vez). Es posible que simplemente “no sea el momento”, no está motivado o que éste no sienta la necesidad de aprender esa habilidad.
            Quizás, antes de empezar a discutir cómo debe ser el sistema educativo, cómo deben ser los profesores, cómo deben ser las clases o cómo deben ser los niños,  deberíamos pararnos a pensar una serie de cuestiones: ¿Cuál es el punto de vista de la sociedad? ¿Qué queremos realmente? ¿Lo estamos haciendo bien? Y por supuesto, debemos ser capaces de ver lo que funciona, ver si eso es lo que queremos y, si es así, tomar nota y seguir el ejemplo.
“La vida primaria de la memoria es emotiva más bien que intelectual y práctica”.
John Dewey

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